LA MANO QUE VISTIÓ EL CINE
Si el cine argentino de la década del cuarenta y el cincuenta tuvo un brillo comparable al de Hollywood, fue en gran medida a creadores como Eduardo Lerchundi (1926-2018) que les dieron vida y alma a personajes con glamour y elegancia. A cien años de su nacimiento, la figura de Lerchundi se erige no solo como la de un figurinista excelso, sino como la del hombre que vistió los sueños de esa época dorada del espectáculo rioplatense. Recordar su centenario es sinónimo de una era donde la elegancia era una forma de ética.
Cada boceto suyo era una obra de arte en sí misma, piezas de técnica mixta donde el gouache y el lápiz revelaban no solo un vestido, sino un estado de ánimo. Desde sus primeros trabajos, Lerchundi demostró una comprensión absoluta de las telas. Sabía cómo la seda, el terciopelo o el satén capturaban el blanco y negro y cómo el peso de un abrigo podía dictar el caminar de una diva. Vistió a las máximas figuras del cine de aquella época: de la sofisticación de Zully Moreno, la inocencia de las hermanas Legrand a la presencia escénica de Tita Merello. El Teatro Colón fue el templo de su maestría tanto en la ópera como en el ballet donde su imaginación alcanzó otras dimensiones y llegó a ser Coordinador de Vestuario, Ambientación y Caracterización.

Fue profesor de escenografía, vestuario e iluminación en la Escuela Nacional de Arte Dramático, en la Facultad de Arquitectura, en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, en la Escuela Nacional de Danzas y en la Universidad del Cine. Fue allí mismo donde lo tuve primero como maestro, aprendiendo a dibujar vestuario y pensar en la importancia dramática de la creación de personajes. Luego lo acompañé como profesor en sus clases, donde abordábamos el vestuario en distintas épocas, la utilidad de cada prenda, el estilo, las modas urbanas y la formación del buen gusto.
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